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LOS JUEGOS DE MI INFANCIA

LOS JUEGOS DE MI INFANCIA

Con este emotivo relato de Walewska de Mamis y Bebés  inauguramos esta nueva sección de nuestro blog “Jugando a recordar”.

 

LOS JUEGOS DE MI INFANCIA.

Por: Walewska de Mamis y Bebés

mamis

 

 

 

Si tuviese que elegir cuál era mi juego preferido de mi infancia realmente lo tendría complicado. Yo fui una niña que jugaba mucho. Mi madre dice que me podía pasar las horas muertas metida en mi cuarto yo sola montándome mis películas sin necesitar a nadie más. Lo que era un inconveniente porque mi hermana pequeña sí que hubiese necesitado a alguien…

Curiosamente a lo que no solía jugar casi nunca era a mamás y a papás. Me aburría. Ni tampoco a cosas que supusieran mezclar muñecos de distintos tipos. No era una cuestión de racismo; por aquel tiempo era algo que ni te planteabas porque no habías visto un negro ni de lejos. Era más bien una cuestión de proporción. Y es que lo que sí que tengo claro es que el denominador común de mi infancia es mi espíritu de construcción. A mí me gustaban las casitas. Y ahí sí que no hacía distinciones.
En la habitación de mi hermana había un armario empotrado. Como la pared tenía una forma imposible supongo que decidieron poner delante una puerta de lado a lado para ver si no se notaba. El caso es que aquel armario dio para mucho. La de veces que nos escondimos y nos montamos habitaciones supersecretas como si fuésemos espías. Y por supuesto tenían túneles. Supersecretos también, que conectaban con la casa de la entonces mi amiga que vivía enfrente. Que nos separasen trece pisos era una nimiedad. Y obviamente la superstición no la conocíamos.

Era una de las pocas veces que consentía en jugar con mi hermana y era totalmente por el interés: el armario estaba en su cuarto y si no, no jugaba. Pasaba con lo mismo con el fascinante mueble de debajo de su radiador, que servía para hacerle casitas a las barriguitas. O juegas conmigo o no juegas.
Pero generalmente yo con lo que más me entretenía era con una mezcla de Tente, cintas de cassette, recortes de tela heredados del taller donde trabajaba mi tía y los click de famobil, que era como se llamaban entonces. Las cajas de las cintas me servían de separación para las habitaciones, para hacer de camas y para dios sabe qué más; los muebles se hacían con tente y con lo que pescabas y realmente lo divertido era hacerlo. A mí no me gustaba jugar con ello. Yo tenía vocación de arquitecta y decoradora de interiores. Me contaba mis historias conforme iba jugando, pero luego cuando terminaba de decorar dejaba de tener gracia. Siempre me ha pasado. También de mayor con los Sims, a los que estuve enganchada una buena temporada. Eran la versión sofisticada de los juegos de mi infancia.

 

Lo cierto es que luego éramos bastante apañadas. Pasábamos (y pasamos) las vacaciones en un camping cerca de Zaragoza y nuestro juego favorito consistía en montarnos casas con cuerdas y telas. Era la evolución natural de aquellas casas que hacíamos detrás del sofá de mi abuela paterna (y que ella odiaba con todas sus fuerzas). La otra abuela no sólo no las odiaba sino que nos daba material para hacerlas. Nos disfrazábamos con ropa de los años 60 que ahora sería vintage (cagüentó, era hasta mona y la destrozamos con nuestros juegos) y con las amigas nos montábamos ahí nuestros clubes. Soñábamos que éramos una especie de club de los Cinco, pero sólo de chicas, claro. Básicamente porque hasta que las hormonas apretaron físicamente a nuestro alrededor sólo había mujeres y estábamos cómodas así. Éramos seis y nos lo pasábamos como los mismos indios haciendo el canelo. Y oye, desarrollamos unas capacidades constructivas que ríete tú. También para el baile. Si no estábamos haciendo casitas estábamos coreografiando cualquier cosa.
Lo cierto es que tuve mucha suerte. Mi infancia fue muy divertida. Nunca seré una escritora de éxito porque fui feliz hasta reventar y lo cierto es que por más que a veces torture a mi madre no tengo ningún trauma reseñable. Hasta tuve una casita de verdad, hecha con todo el amor del mundo por mis abuelos.
Ellos tenían un huerto y nosotras a veces nos quedábamos ahí a dormir. Por supuesto, nuestras casitas las hacíamos debajo de la mesa del salón, que era un armatoste gigante de obra. Yo creo que les dimos tanto el tostón que nos hicieron una casa, Villa Los Peques. Era una monada. Mi abuelo la construyó él mismo y mi abuela la decoró.

Juegos infantiles - Mamis y Bebes

Sabéis que cuando una es pequeña las escalas se distorsionan. A mí aquello me parecía Buckingham y posiblemente sea más imaginación mía que otra cosa. Pero lo que no es falso es el amor que respiraban cada una de sus tablas y el cariño con el que había sido hecha. Tanto que cuando murieron mis abuelos regalamos en su honor con parte de la herencia a mis hijas otra casita. Villa Los Peques II. Y así el círculo se cierra.

 

 

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